COP26, el mercado es el causante del cambio climático, no su solución

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Del 31 de octubre al 12 de noviembre próximos se llevará a cabo en Glasgow, Escocia, la COP26, que para efectos prácticos es una Conferencia de las Partes (196 países y la Unión Europea) firmantes de la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático, la cual sesionará con grandes expectativas sobre los compromisos adquiridos previamente.

Desde la primera COP que se realizó en Berlín, en 1995, hasta ahora, hay algunas que han destacado por los productos que han resultado de ellas; en particular, la COP3, de donde surgió el Protocolo de Kyoto en 1997, y la más reciente COP21, de 2015, con su producto estrella: el Acuerdo de París.

Es innegable que el cambio climático provocado por las emisiones de gases de efecto invernadero representan un gravísimo problema que podría traducirse, incluso, en un riesgo para la vida de la especie humana en la Tierra. El Centro para el Estudio de Riesgos Existenciales de la Universidad de Cambridge coloca al cambio climático dentro de los riesgos de la extinción humana y el colapso civilizatorio; no hay desperdicio en decir que los otros riesgos potenciales que fueron enumerados son: el uso inadecuado de la biotecnología, la inteligencia artificial, la desigualdad social, la corrupción y la discriminación estructural.

Para entrar de lleno al argumento, hay que decir que el deterioro del medio ambiente por la gran cantidad de gases de efecto invernadero es consecuencia del modelo de producción que los países ahora industrializados utilizaron a partir del siglo XIX, y de su modelo de comercio a partir del siglo XX.

El modelo de producción europeo y estadounidense se basó en un uso indiscriminado de recursos naturales para el desarrollo de sus industrias nacionales. No hay industria sin electricidad y fueron estos países —Estados Unidos, principalmente— los que electrificaron y conectaron con medios de transporte sus geografías, haciendo uso de combustibles fósiles de forma dramática, como jamás lo había experimentado el planeta.

Ya en el siglo XX, mientras las economías de los países más ricos giraban hacia un modelo de servicios o actividades de alto valor agregado, como la industria tecnológica, estos empezaron a trasladar sus actividades de maquila e industria pesada a la periferia mundial, donde mano de obra barata podría producir lo que antes realizaban en sus países. Además, impulsaron un nuevo de modelo de comercio internacional desarrollando lo que hoy llamamos cadenas de valor, que no son otra cosa que producir un bien a través de varios países —donde ya sea que la mano de obra o la materia prima sea más barata— y exportarlos finalmente a consumidores en el llamado primer mundo.

Este comercio internacional representa actualmente el 60% del PIB mundial y se realiza en 90% a través de transporte marítimo. Con una flota mundial que ronda los 65 mil buques mercantes, algunos del tamaño de un edificio, el comercio mundial se mueve exclusivamente por hidrocarburos ultra contaminantes como el diésel o el combustóleo que usan los buques para desplazarse. Un buque carguero impulsado por diésel puede transportar 24 mil contenedores por 21,000 kilómetros; el mejor prototipo de carguero eléctrico ha transportado 120 contenedores por 55 kilómetros.

Ahora bien, tanto la generación de energía eléctrica como el transporte son sectores intensivos en producción de gases de efecto invernadero. Y los países, a través de estos mecanismos de diplomacia multilateral como las COP, están proponiendo soluciones para transitar a un mundo donde las actividades humanas, pero sobre todo las actividades productivas, reduzcan ingentemente sus emisiones. Nada mal hasta aquí.

Donde surgen los problemas es cuando la forma de operar las propuestas que derivan de estos foros tiene un fuerte componente de mercado. Por ejemplo, del Protocolo de Kyoto surgieron tres mecanismos de mercado: el Comercio Internacional de Emisiones, el Mecanismo de Desarrollo Limpio y la Aplicación Conjunta. Cada una de estos mecanismos tiene cierto grado de complejidad para explicar en un solo artículo, basta decir que en comercio internacional de emisiones los gases de efecto invernadero se convierten en una mercancía que puede comercializarse en forma de bonos. Ya el filósofo Michael Sandel ha abundado sobre la inmoralidad de este mecanismo en un artículo publicado en el New York Times, apenas surgió el mencionado Protocolo, y en su reciente libro “Los Límites Morales del Mercado”. Sobre los otros dos mecanismos, se basan en la idea de que la reducción de emisiones debería realizarse donde sea más costo-efectiva; es decir, en donde sea más barato: los países en vías de desarrollo. Sobra decir que además de crear el negocio de bursatilizar la contaminación, sus resultados son mínimos.

Ahora, en esta última década, las COP han apuntado a la transición energética, a reemplazar los combustibles fósiles por las fuentes renovables, particularmente en la industria eléctrica. Para ello, el mercado desarrolló también un mecanismo: los Certificados de Energías Limpias, o como le llaman en Europa: Garantías de Origen Renovable. Prácticamente es un bono por cada megavatio/hora que una central produzca con fuentes limpias o renovables (eólicas, solares, geotérmicas, etcétera). La idea es que grandes consumidores de energía compren estos certificados, en algunos países obligadamente, para que existan incentivos económicos para colocar nuevas centrales eléctricas limpias.

Una empresa como Amazon, que consume 24,000 GWh anualmente, equivalente al 10% de todo el consumo de México como país, utiliza electricidad que proviene en más de 90% producida por combustibles fósiles. Sin embargo, comprando Certificados de Energías Limpias suficientes, podría declararse como una empresa con poca huella de carbono. ¿Esto impulsa la instalación de nuevas centrales limpias? No, según un estudio de la financiera y consultoría Standard & Poor´s este tipo de instrumentos financieros tiene muy poco impacto en la descarbonización de la producción de la electricidad, pues las nuevas granjas solares o parques eólicos en los Estados Unidos poco tienen que ver con los Certificados de Energía Limpia, y mucho con los subsidios gubernamentales.

Incluso empresas como IBM están abiertamente en contra de este tipo de instrumentos, pues “ofusca la necesidad de duras decisiones de política pública e inversiones reales para incrementar centrales de energía limpia”. Asimismo, Walmart, que no se distingue por su conciencia social, publicó un estudio donde dice que “no tienen confianza en este tipo de instrumentos ya que no tienen el impacto deseado en acelerar la transición a renovables”.

Si bien los foros multilaterales como las COP sirven para visibilizar un problema que en la sur global y la primera línea de pobreza social se vive minuto a minuto, sus respuestas, propuestas y soluciones están cargadas de una fuerte tendencia ideológica liberal mercantilista, que es justo lo que causó el desastre que ahora vivimos.

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